Abril 2012

A veces me dan ganas de prostituirme literariamente hablando. Escribir una novela a lo Rowling, a lo Collins, a lo Moccia… Una historia simple. Blablablá. Un poco de amor. Una frase “para recordar”. Algo triste. Algo así… Que los adolescentes se vuelvan locos. Que algún gilipollas quiera llevarla al cine. Que yo me forre.
Pero luego me pongo ante el papel y hablo de mí, del miedo y de l’enfant. Y aunque nuestra historia vendiera, no permitiría que ningún adolescente se sintiera identificado. No. Nadie. Soy celosa de lo mío (Puto Borges, cómo caló tu frase) y no quiero que nadie sienta lo mismo. Claro que cada uno vive el amor de una manera, pero yo estoy loca. Hoy estoy loca de amor. Hoy, yo solita, he aprendido algo: quiero vivir de amor. Quiero sorprenderte siempre, enfant. Vendarte los ojos, escribirte notas, dibujar el amor en cada uno de tus poros. Porque al fin y al cabo, qué coño importa lo demás si te sientes vivo porque quieres, porque te pones nervioso porque tu nombre salga de sus labios, porque quieres romper todas las camas del mundo, sí, de pasión, porque quieres arreglar todas las diferencias a base de besos. Qué coño importa todo lo demás si sabes que él te quiere. Siempre, ¿vale? Sin prisas, pero sin fin.
Por eso nunca voy a ser una puta literaria, porque hablaré de mí y de nosotros sin importarme qué piensen los demás. Siempre que tú y yo nos comprendamos al leernos. Por eso me importa una mierda forrarme. Porque prefiero llorar un sábado por la noche al escribir esto que todo lo demás.